A los padres de bebés fallecidos

Escrito por Gilda | Parte de El Duelo | Publicado el 21-04-2011

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No podía faltar en este segmento, el mensaje de los fundadores de Renacer, Alicia Shneider de Berti y Gustavo Berti, quienes plasman en palabras cómo toda vida tiene valor, y no se mide por los años de vida. Tratemos de seguir su ejemplo, y no minimicemos el dolor ni el amor que los padres sienten por sus bebés que fallecieron.

A LOS PADRES DE BEBÉS FALLECIDOS
Renacer

Los padres que ven partir a su hijo de solo unas horas, días o pocos meses de vida, y aún aquellos que vieron nacer a su hijito ya muerto en el vientre de la madre, muchas veces viven su dolor en soledad.

Luego de trascurridos los primeros días después de la partida, familiares y amigos van espaciando sus visitas y finalmente la pareja queda sola. Y esto se cumple aún antes que en los duelos que involucran niños de más edad o adolescentes. La idea general es que si no llegaron a conocerlo, a convivir con él o ella, si lo tuvieron tan poco tiempo, seguramente pronto se consolarán, tendrán otros niños, son tan jóvenes…” Estas ideas se basan en un desconocimiento de la situación real que viven un padre y una madre que han perdido su bebe. Ideas que hacen que la mayoría de las personas los contemplen incrédulos cuando luego de trascurridos años, estos mismos padres dejan escapar lágrimas ante la sola mención de su nombre. Verán a madres que después de la partida prematura continúan usando ropa de embarazadas como una forma de negar esa realidad tan dolorosa y prolongar la ilusión del pasado. Y serán testigos de padres que se sientan horas frente a la tumba de su hijito preguntándose “cómo hubiera sido de haber vivido”. O si hubo algo que la madre hizo mal por lo que el bebé murió tan pronto. Y las respuestas parecen no llegar.

Estos padres se preguntan una y otra vez: ¿Para qué vino al mundo si se nos iba a ir tan pronto?, ¿Por qué Dios nos permitió concebirlo si luego nos lo iba a arrebatar así?. Este dolor no comprendido por otros, tiene que ver con largos meses de “títulos espera”. De planes y proyectos que incluían a ese ser que no conocían pero al que ya amaban. Planes y proyectos que se inventaron solo por él y para él. Tiene que ver con largos conciliábulos familiares para elegir un nombre, y con toda una vida soñada mientras ese ser crecía dentro del vientre de su madre. Los padres de estos niños logran expresar un vívido y tierno retrato de sus hijos y sus rostros se iluminan ante la oportunidad de hablar de ellos: “él observaba todo con grandes ojos asombrados, como si quisiera abarcar el mundo en esa mirada, como si supiera que iba a partir…” “era un bebé tan especial, tenía una gran dulzura, siempre regalándonos sonrisas, siempre de buen humor…” “se comunicaba con nosotros a pesar de no hablar aún, con sus ojitos, sus sonrisas y sus llantos…” Y aún los padres que vieron nacer su hijito muerto, comentan con que vividez recordaban la forma en que se movía dentro de la madre: “me acariciaba o se sorprendía o me llamaba la atención cuando yo debía cambiar de posición porque se encontraba incómodo…” Si, hay recuerdos vívidos, dulces, intensos. Y hay muchas, muchísimas ilusiones truncas: proyecciones a un futuro que nunca llegará, no con ese ser. Hay un nombre que nunca será nombrado, hay una cuna vacía y un oso de felpa sin dueño. Y hay miedos. Miedo de no ser capaz de llevar a término un embarazo normal, de haber hecho algo mal que causara directa o indirectamente la muerte del niño. Y son tantas las veces en que las causas no se conocen con certeza, y son, en su mayoría ajenas a los padres. Estos sentimientos deben ser verbal izados, deben expresarse abiertamente para que no se conviertan en fantasma y llegue el esclarecimiento con el aporte o el enfoque positivo a través de aquellos que tienen la capacidad, amor y fortaleza para ayudarlos a discernir, a elaborar y superar esos miedos, esas culpas tan destructivas. Aquellos que pueden ver más allá del dolor, porque sobre estos sentimientos negativos no se puede comenzar a construir.

Elisabeth Kubler-Ross sintetiza su experiencia de décadas en el campo de la tanatología en unas simples, claras y hermosas palabras. Ella llama a los niños al mundo por un breve momento con una misión específica: la de transformadores espirituales de sus padres.

Viktor Frankl (padre de la logoterapia) dedicó una de sus obras a su hijito concebido solo cuatro meses antes de que su esposa fuera obligada a abortar en un campo de concentración durante la segunda guerra mundial. Para Frankl, la breve vida de su hijo tenía un sentido muy importante, que trascendía la tragedia y el dolor, porque había sido concebido en el amor y era ese mismo amor el que le hacía decir en su libro “The Unheard Cry for Meaning” (El grito no escuchado por n sentido): “A Harry o Marion, un niño no nacido.” El sentido de la breve existencia física de estos seres, quizá tenga que ver con ese nuevo sentimiento de dulzura y alegría interior que los padres experimentan al concebir esa vida: con esa expandida capacidad de amar que los padres descubren en su interior y que siempre estuvo allí pero que fue a través de sus hijos que la despertaron. Y esa incrementada capacidad afectiva no desaparece con la partida del hijo.

Es parte de nosotros y si ellos nos ayudaron a descubrir es en su homenaje que debemos cultivarla para dar, dar todo el amor de que somos capaces, y en nosotros reside el que, el paso de estos seres por el mundo, no importa cuan fugaz, no haya sido en vano. Que haya despertado en nosotros a seres más compasivos más fuertes, más solidarios, porque habremos aprendido, crecido, y madurado en el dolor, descubriendo, y para siempre, esa nueva e incondicional forma de amar.

Alicia Shneider de Berti – Gustavo Berti
“Renacer”-Río Cuarto- Año 1992.

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